
Por Norma Serrano-García
En 1929, en un pequeño hospital de Eberswalde, Alemania, un joven médico decidió hacer algo que hoy sonaría a locura… pero que terminó cambiando la cardiología para siempre. Se llamaba Werner Forssmann y estaba convencido de que era posible llegar al corazón humano desde una vena del brazo usando un tubo delgado: un catéter.
El problema era que nadie le creía. La idea se consideraba demasiado peligrosa para intentarla en una persona viva, y mucho menos en un paciente. Así que Forssmann tomó una decisión extrema: el primer corazón en ser cateterizado sería el suyo propio.
Bajo anestesia local, se hizo una pequeña incisión en el brazo, introdujo el catéter en una vena y, milímetro a milímetro, lo fue avanzando hasta la aurícula derecha. Luego caminó, con el catéter aún dentro, hasta radiología para tomarse una placa que demostrara que, efectivamente, había llegado al corazón… y que el procedimiento podía hacerse de forma segura.
Décadas después, aquella escena que parecía imprudente le valdría el Premio Nobel de Medicina, compartido con otros pioneros del cateterismo cardíaco. Lo que en su momento se vio como una excentricidad casi suicida se convirtió en una de las herramientas diagnósticas y terapéuticas más importantes de la medicina moderna.

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