La amígdala en reposo: El cerebro de quienes no sueltan el teléfono

3D brain model showing neural connections with highlighted amygdala, hippocampus, and prefrontal cortex

By: Carmen Rubio & Rebeca Jiménez

Un estudio de rs-fMRI mapeó cómo se conecta la amígdala en personas con uso problemático de smartphone. Lo que encontró habla de emoción, autorregulación y un ciclo difícil de romper.

Notificación. Pantalla. Scroll. Notificación. Para muchas personas, este ciclo es un hábito fácil de interrumpir. Para otras, no. Se siente como una necesidad, y cuando no se satisface causa malestar real: irritabilidad, ansiedad, dificultad para concentrarse. No es un drama. Es neurobiología que empieza a reconocerse.

El uso problemático del smartphone (PSU) no está reconocido como diagnóstico en el DSM-5 ni en el ICD-11. Sin embargo, muestra características similares a los trastornos adictivos, como la tolerancia, los síntomas de abstinencia y el uso para enfrentar emociones negativas. Un estudio publicado en BMC Psychology en enero de 2026 presenta datos de neuroimagen que explican lo que ocurre en el cerebro cuando se establecen estos patrones.


¿Por qué la amígdala?

La amígdala es una parte del cerebro en forma de almendra que se encuentra en el lóbulo temporal. Es clave para procesar las emociones y funciona junto con otras áreas del cerebro, como la corteza prefrontal y el cerebelo, para detectar peligros y regular las respuestas emocionales. En resumen, actúa como el «sensor de emociones» del cerebro.

La resonancia magnética funcional en estado de reposo (rs-fMRI) mide las fluctuaciones en la señal BOLD, que está relacionada con el flujo sanguíneo cerebral, mientras la persona está despierta y sin hacer tareas. Si dos regiones muestran fluctuaciones sincronizadas, se consideran conectadas funcionalmente.

Esta técnica mapea redes cerebrales sin que el sujeto deba realizar tareas específicas, lo que ayuda a estudiar la organización cerebral. La amígdala se utiliza como «semilla» (ROI): se calcula la correlación entre su actividad y la del resto del cerebro para identificar sus conexiones habituales.

Estudios previos mostraron que cambios en la conectividad amígdala-redes regulatorias se relacionan con impulsividad emocional en diversos tipos de adicción. Sin embargo, faltaba un mapeo sistemático de estos patrones en PSU y su vínculo con dificultades de regulación emocional medidas directamente.


¿Cómo se hizo?

Wang et al. reclutaron 72 universitarios de 18 a 25 años. Usando la escala SABAS, 37 fueron clasificados como usuarios problemáticos (PSU) y 35 como controles sanos (HC). Ambos grupos fueron evaluados con la escala B-DERS y se les realizó rs-fMRI, utilizando las amígdalas izquierda y derecha como regiones semilla.

Versión breve de la escala de dificultades en regulación emocional. Mide falta de claridad emocional, dificultad para controlar impulsos y limitadas estrategias de regulación.

Escala que mide dependencia a aplicaciones de smartphone. Fue el criterio de clasificación PSU vs. control.

Amígdala izquierda y derecha. Análisis de conectividad funcional con todo el cerebro, con preprocesado para eliminar ruido de movimiento y señal fisiológica.

¿Qué conectividades cambian?

Los análisis revelaron patrones diferenciados entre amígdala derecha e izquierda. Algunos circuitos mostraron conectividad aumentada en PSU respecto a controles; otros, reducida. Y lo más relevante para interpretación clínica: algunas de esas diferencias correlacionaron significativamente con los puntajes de DERS y SABAS.

Cambios en PSU vs. controles

Mayor conectividad

polo temporal derecho

Región asociada a memoria emocional y cognición social. Podría reflejar mayor sensibilidad a estímulos sociales (notificaciones, validación digital).

Menor conectividad

tálamo derecho

Implicado en el enrutamiento de información sensorial y regulación de arousal.

Menor conectividad

precúneo izquierdo

Nodo clave de la red por defecto, involucrado en introspección y autorregulación.

Menor conectividad

cerebelo izquierdo

Función emergente en regulación emocional de alto nivel, no solo coordinación motora.

Cambios en PSU vs. controles

Mayor conectividad

giro frontal inferior derecho

Área central en inhibición de respuestas. El aumento aquí puede señalar un circuito de control sobreactivado, pero ineficaz.

Mayor conectividad

Áreas de control cognitivo y atención

Posiblemente reflejando sobrecarga regulatoria.

Menor conectividad

cerebelo izquierdo

Patrón compartido con el hemisfero derecho, consistente con la literatura en adicciones conductuales.

La menor conectividad amígdala–cerebelo correlacionó con mayor severidad de dependencia al smartphone (SABAS), y el aumento de conectividad amígdala izquierda–áreas de control cognitivo correlacionó con mayores dificultades de regulación emocional (DERS).

Un desequilibrio, no un defecto

Los autores sugieren que el perfil de conectividad encontrado muestra un desbalance entre centros emocionales muy activos y sistemas de regulación débiles. La amígdala, que está más conectada a redes de memoria emocional y sensibilidad social, tiene menos conexión con estructuras que normalmente la controlan, como el precúneo (reflexión interna), el tálamo (modulación de la activación) y el cerebelo (regulación emocional precisa, reconocida en la literatura).

El cerebelo merece atención. Históricamente se ha vinculado a la coordinación motora, pero en la última década se ha visto que también juega un papel en procesos emocionales y cognitivos. Su menor conexión con la amígdala en PSU —en ambos hemisferios— es relevante y coincide con lo observado en otros trastornos por uso de sustancias y adicciones.

¿Qué viene primero: la dificultad para regular emociones o el uso problemático? El estudio no lo responde, pero sugiere que quien tiene problemas para tolerar el malestar emocional busca alivio rápido. El smartphone, con sus notificaciones y contenido infinito, lo ofrece. Con el tiempo, ese alivio se convierte en el único recurso y el circuito se estrecha.

Diseño transversal: No se puede saber si el uso problemático afecta la conectividad o si una conectividad que ya existía aumenta la vulnerabilidad. Se requieren estudios a largo plazo.

Muestra pequeña (37 PSU, 35 controles) y homogénea (universitarios de 18–25 años). Los resultados podrían no aplicarse a adultos mayores o a grupos con diferentes niveles educativos o contextos culturales.

El rs-fMRI es sensible a múltiples factores que los pipelines de preprocesado controlan solo parcialmente: movimiento en el escáner, estado de sueño, ciclo menstrual, consumo de cafeína en horas previas.

«Uso problemático» no es un diagnóstico formal. La escala SABAS mide la severidad, pero la diferencia entre PSU y control no significa un diagnóstico de adicción clínica.

La conectividad reducida entre la amígdala y el cerebelo se asocia con mayor dependencia del smartphone, pero eso no significa que una cause la otra.


Una ventana, no un veredicto

Este estudio no afirma que los smartphones «dañen el cerebro», sino que las personas que usan sus dispositivos de manera problemática tienen una amígdala diferente en comparación con quienes no. Esto plantea preguntas para futuras investigaciones y el diseño de intervenciones: si el problema es una desconexión entre la amígdala y sistemas de regulación, ¿pueden prácticas como mindfulness o terapia cognitivo-conductual ayudar a restablecer esos vínculos?

No hay respuesta aún. Pero tener un mapa neurobiológico, aunque preliminar, es el primer paso para buscarla.


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