Neuropsicolocos

¿Qué nos enseñó realmente el experimento de Rosenhan sobre los hospitales psiquiátricos?

por Carmen Rubio

En 1973, el psicólogo David L. Rosenhan publicó en Science uno de los estudios más influyentes (y polémicos) de la psiquiatría: “On Being Sane in Insane Places”.[1] Su objetivo era poner a prueba algo muy concreto: 

Aquí ha surgido la pregunta:

¿Pueden los psiquiatras distinguir con fiabilidad entre una persona sana y una persona con un trastorno mental grave cuando están dentro de un hospital psiquiátrico?


¿En qué consistió el experimento?

Rosenhan reclutó a 8 “seudopacientes” (incluyéndose a sí mismo): personas sin antecedentes de psicosis, procedentes de distintos contextos (psicólogos, psiquiatras, amas de casa, estudiantes).[2]

  1. Ingreso simulado
    • Cada seudopaciente llamó a un hospital psiquiátrico en Estados Unidos reportando un único síntoma: alucinaciones auditivas vagas, con palabras como “empty”, “hollow” o “thud”.
    • No reportaron más síntomas psicóticos significativos.
    • Todos fueron aceptados para hospitalización.
  2. Vida dentro del hospital
    • Una vez ingresados, dejaron de simular: respondían con honestidad, no reportaban más alucinaciones y se comportaban con normalidad.
    • Aun así, todos fueron diagnosticados con esquizofrenia (salvo uno, con “psicosis maníaco-depresiva”) y mantenidos hospitalizados.
    • La duración de la estancia varió entre 7 y 52 días, con una media de 19 días.[1]
  3. El problema de las etiquetas
    • Todo lo que hacían dentro del hospital era reinterpretado a través del diagnóstico.
    • Ejemplo clásico: tomar notas de forma sistemática (para el estudio) fue descrito en los expedientes como “comportamientos de escritura compulsiva” o parte de la “patología”.
    • El personal tendía a ver sus comportamientos bajo el marco de “esquizofrenia crónica”, incluso cuando eran conductas comunes o adaptativas.
  4. Salida del hospital
    • Ninguno fue etiquetado como “sano”. Fueron dados de alta con diagnósticos como “esquizofrenia en remisión”, lo que refuerza la idea de una etiqueta duradera.

Resultados principales

Rosenhan concluyó que los hospitales psiquiátricos de la época tenían enormes dificultades para distinguir la cordura de la locura en contextos institucionales.[3]

Algunos hallazgos clave:

  • Fácil entrar, difícil salirEntrar al sistema con un diagnóstico grave era relativamente sencillo; demostrar que se estaba sano dentro del hospital era mucho más difícil.
  • Despersonalización y poder asimétricoLos seudopacientes reportaron sentirse:
    • ignorados por el personal clínico,
    • tratados más como “casos” que como personas,
    • sometidos a rutinas rígidas (medicación, comidas, rondas) con poca explicación.
  • Los pacientes sí notaban algo raroParadójicamente, otros pacientes sospechaban que los seudopacientes no estaban realmente enfermos (comentarios del tipo “usted no está loco, es un periodista o un investigador”).En cambio, el personal clínico no los identificó como personas sanas.

El mensaje de fondo era demoledor: en ciertos entornos institucionales, el contexto y las etiquetas pesan más que la conducta real de la persona.


La segunda parte: el hospital que “aceptó el reto”

Tras la enorme repercusión del artículo, un hospital muy prestigioso afirmó que algo así nunca ocurriría en su institución y retó a Rosenhan a enviar seudopacientes.

  • Rosenhan aceptó el reto y avisó que, en un periodo de tres meses, intentaría enviar seudopacientes.
  • Durante ese periodo, el hospital evaluó a casi 200 personas que llegaban a admisión.
  • El personal etiquetó a 41 pacientes como “probables seudopacientes” y a más de 40 adicionales como “sospechosos”.[4]

La vuelta de tuerca: Rosenhan no había enviado a nadie.

El hospital, intentando no “caer” en el error anterior, terminó dudando incluso de personas realmente en crisis.

Esta segunda parte ilustra otro riesgo:

Cuando se instala la sospecha permanente, el sistema puede fallar en el sentido contrario: no creer a quien sí necesita ayuda.


Críticas metodológicas y debate posterior

Desde los años 70 hasta hoy, el experimento ha sido

  1. muy influyente y
  2. muy criticado.

Algunas críticas frecuentes:

  1. Falta de transparencia metodológica[5][6]
    • No se describen con detalle los criterios de selección de hospitales.
    • No se reporta con claridad cómo se evaluó la salud mental previa de los seudopacientes.
    • No hay protocolos detallados sobre cómo se comportarían exactamente después del ingreso.
  2. Tamaño y representatividad de la muestra
    • Solo participaron 8 seudopacientes y 12 hospitales.
    • Aunque variaban en tipo y financiación, es difícil generalizar a “toda la psiquiatría” a partir de este número.
  3. Sesgos y agenda ideológica
    • El estudio se publicó en plena época de crítica intensa a la psiquiatría institucional (movimiento antipsiquiátrico, cuestionamiento de diagnósticos, cierres de manicomios).
    • Autores como Spitzer y Millon argumentaron que el trabajo estaba diseñado más como una denuncia que como un experimento neutro.[5]
  4. Diagnóstico vs. contexto clínico real
    • Defensores de la psiquiatría señalan que, si alguien llega a urgencias reportando alucinaciones auditivas (aunque sean vagas) y no existe una explicación orgánica clara, hospitalizar y diagnosticar un trastorno psicótico no es irracional en el contexto de la época.
    • El problema, más que el diagnóstico inicial, sería cómo se manejó la información posterior (el hecho de que dejaran de reportar síntomas no cambió de forma clara la impresión diagnóstica).

En los años recientes, incluso se ha cuestionado si parte de los datos reportados por Rosenhan fueron presentados de manera selectiva o exagerada.[7][8]


Intentos de replicación y reevaluaciones

Varios autores han intentado revisitar o reinterpretar el experimento:

  • “Rosenhan revisited” (2007) recupera la lógica de enviar “seudopacientes”, pero adaptada a contextos y criterios diagnósticos más modernos.[9]
  • Otros trabajos resaltan que, aunque las condiciones hospitalarias actuales han mejorado en muchos países, persisten problemas de:
    • estigma y etiquetamiento,
    • diagnósticos poco claros en situaciones de crisis aguda,
    • falta de tiempo para entrevistas profundas,
    • y déficit crónico de recursos en salud mental.

Un artículo reciente del Indian Journal of Psychiatry resume bien la situación 50 años después:

el trabajo de Rosenhan fue “medio experimento, medio manifiesto”, y sigue siendo útil para cuestionar prácticas, pero no puede tomarse como prueba definitiva de que “la psiquiatría no sabe diagnosticar”.[5]


¿Qué nos deja hoy el experimento de Rosenhan?

Más allá de sus limitaciones, el estudio sigue siendo valioso para abrir conversaciones críticas sobre:

  1. El peso de las etiquetas diagnósticas
    • Un diagnóstico puede ayudar (abre puertas a tratamiento, protección social, comprensión), pero también puede volverse una identidad rígida que colorea todo lo que la persona hace.
  2. Contexto institucional vs. conducta real
    • Los mismos comportamientos pueden interpretarse como “normales” fuera y “patológicos” dentro de un hospital psiquiátrico.
    • Esto obliga a preguntarse qué parte de la “enfermedad” que observamos es del paciente y qué parte es respuesta al entorno (vigilancia constante, falta de privacidad, asimetría de poder).
  3. Humanidad y relación clínica
    • Muchos de los aspectos más duros que describen los seudopacientes no tienen que ver solo con la etiqueta de esquizofrenia, sino con cómo eran tratados: falta de escucha, contacto mínimo, sensación de anonimato.
    • Esto sigue siendo un recordatorio central: la calidad de la relación y el respeto a la persona son tan importantes como el acierto diagnóstico.
  4. Riesgos de irse a los extremos
    • Un sistema que cree demasiado en sus etiquetas puede pasar por alto cambios reales en el estado de la persona.
    • Pero un sistema que desconfía de todo (como el hospital de la segunda parte del experimento) corre el riesgo de negar atención a quien sí la necesita.

Conclusión

El experimento de Rosenhan no demuestra que “la enfermedad mental no exista”, ni que todo diagnóstico psiquiátrico sea un error. Más bien nos recuerda que:

  • Los diagnósticos son herramientas humanas, no verdades absolutas.
  • El contexto institucional puede distorsionar la forma en que vemos el sufrimiento psíquico.
  • La manera en que tratamos a las personas dentro de los hospitales (o de cualquier dispositivo de salud mental) puede ser profundamente terapéutica… o profundamente dañina.

A medio siglo de distancia, quizás la enseñanza más vigente de Rosenhan es esta:

no basta con preguntar “qué diagnóstico tiene esta persona”, sino también “cómo la estamos observando, escuchando y acompañando dentro del sistema”.


Referencias seleccionadas

  • Rosenhan, D. L. (1973). On being sane in insane places. Science, 179(4070), 250–258. https://doi.org/10.1126/science.179.4070.250[1][10]
  • Agarwal, A. (2023). “On Being Sane in Insane Places”… it is a work half done. Indian Journal of Psychiatry, 65(5), 601–603.[5]
  • Crown, S. (1975). “On Being Sane in Insane Places”: A Comment from England. Journal of Abnormal Psychology, 84(5), 453–455.[6]
  • Millon, T. (1975). Reflections on Rosenhan’s “On Being Sane in Insane Places”. Journal of Abnormal Psychology, 84(5), 456–461.[6]
  • Gaughwin, P. (2011). On Being Insane in Medico-Legal Places: The Importance of Taking a Complete History in Forensic Mental Health Assessment. Psychiatry, Psychology and Law, 12(1), 298–310.[2]
  • Resúmenes y discusiones accesibles en línea: SimplyPsychology (Rosenhan 1973, “On being sane in insane places”)[4] y análisis críticos recientes en Science History Institute[7] y Psychology Today.[8]

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