Por: Alynn Nuncio y Héctor Romo

Una mirada desde la neurociencia y la psicología
Las rupturas amorosas no solo rompen corazones; también activan circuitos cerebrales asociados al dolor físico. Pero ¿por qué una experiencia emocional puede sentirse tan devastadora a nivel corporal y mental? La ciencia tiene respuestas, desde la neuroquímica del vínculo hasta la evolución humana.
El cerebro y el amor: un cóctel neuroquímico
Enamorarse no es solo una experiencia romántica, también es profundamente neurobiológica. La dopamina, la oxitocina y la vasopresina forman parte del cóctel químico del apego, activando regiones cerebrales asociadas con el placer y la recompensa, como el área tegmental ventral y el núcleo accumbens. Estos circuitos son similares a los que se activan con sustancias adictivas (Aron et al., 2005).
Cuando una relación se rompe, esta red de recompensa se ve interrumpida abruptamente, provocando síntomas comparables a una abstinencia emocional.
Dolor emocional y dolor físico: una vía compartida
no de los hallazgos más notables en neurociencia social es que el dolor por rechazo amoroso activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico. En un estudio con resonancia magnética funcional, observar la foto de una expareja activó la ínsula anterior dorsal y la corteza somatosensorial secundaria, áreas también implicadas en el procesamiento de una quemadura o una herida (Kross et al., 2011).
Un mecanismo evolutivo de protección

Desde la perspectiva de la biología evolutiva, el vínculo de pareja estableció una ventaja para la cooperación, la crianza de los hijos y la supervivencia. Por tanto, la pérdida de una pareja podía suponer una amenaza adaptativa. El dolor posterior a la ruptura actúa como una señal que impulsa a la reparación del vínculo o a la búsqueda de nuevas alternativas, promoviendo la adaptación conductual (Fisher et al., 2010).
Este sistema afectivo, aunque doloroso, ha sido útil para la supervivencia de la especie.
La rumiación: pensar demasiado también duele
Tras una ruptura, muchas personas entran en un ciclo de rumiación, con pensamientos obsesivos sobre lo que ocurrió. Esta actividad está asociada a la red neuronal por defecto, en especial al corte prefrontal medial, regiones relacionadas con la autorreferencia, el pensamiento introspectivo y la proyección del yo en el tiempo (Whitfield-Gabrieli & Ford, 2012).
Aunque puede tener funciones adaptativas —como aprender de la experiencia—, también puede intensificar el dolor emocional si se prolonga sin resolución.
El cuerpo también lo sufre

La ciencia ha demostrado que los efectos de una ruptura no se limitan al cerebro. Se ha observado una activación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), con aumento en los niveles de cortisol —la hormona del estrés— tras eventos de rechazo social. Incluso se han registrado respuestas inflamatorias similares a las de una infección (Slavich et al., 2010).
Por eso, no es raro que tras una ruptura se presenten insomnio, fatiga, dolores musculares o cambios en el apetito.
Conclusión
El dolor tras una ruptura amorosa no es imaginario ni exagerado. Está profundamente arraigado en la neurobiología humana, en mecanismos evolutivos y en complejos sistemas de apego. Entender esto puede ayudar no solo a validar el sufrimiento emocional, sino también a iniciar procesos de recuperación más compasivos y eficaces.
REFERENCIAS
- Aron, A., Fisher, H., Mashek, D. J., Strong, G., Li, H., & Brown, L. L. (2005). Reward, motivation, and emotion systems associated with early-stage intense romantic love. Journal of Neurophysiology, 94(1), 327–337. https://doi.org/10.1152/jn.00838.2004
- Kross, E., Berman, M. G., Mischel, W., Smith, E. E., & Wager, T. D. (2011). Social rejection shares somatosensory representations with physical pain. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(15), 6270–6275. https://doi.org/10.1073/pnas.1102693108
- Fisher, H. E., Brown, L. L., Aron, A., Strong, G., & Mashek, D. (2010). Reward, addiction, and emotion regulation systems associated with rejection in love. Journal of Neurophysiology, 104(1), 51–60. https://doi.org/10.1152/jn.00784.2009
- Whitfield-Gabrieli, S., & Ford, J. M. (2012). Default mode network activity and connectivity in psychopathology. Annual Review of Clinical Psychology, 8, 49–76. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-032511-143049
- Slavich, G. M., Way, B. M., Eisenberger, N. I., & Taylor, S. E. (2010). Neural sensitivity to social rejection is associated with inflammatory responses to social stress. Proceedings of the National Academy of Sciences, 107(33), 14817–14822. https://doi.org/10.1073/pnas.1009164107

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